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Cada año, miles de millones de aves recorren continentes enteros y regresan, a menudo, al mismo bosque, al mismo humedal e incluso al mismo nido. Lo hacen sin mapas ni instrumentos.

Entender cómo migran las aves y cómo se orientan ha sido uno de los grandes retos de la biología. Hoy sabemos que combinan varias “brújulas” naturales con una sorprendente memoria y un programa heredado en sus genes.

La migración en cifras

Se estima que alrededor del 19 % de las aproximadamente 11 000 especies de aves del planeta son migratorias regulares. Solo entre Europa y África se desplazan unos 2000 millones de aves cada otoño.

Algunos récords documentados con dispositivos de seguimiento:

  • Charrán ártico: recorre hasta unos 70 000 kilómetros al año entre el Ártico y la Antártida.
  • Aguja colipinta: en 2022, un ejemplar voló sin escalas unos 13 560 kilómetros desde Alaska hasta Tasmania en 11 días.
  • Vencejo común: puede pasar alrededor de 10 meses en el aire sin posarse.
  • Ánsar indio: cruza el Himalaya a altitudes superiores a los 6000 metros.

Tipos de migración

No todas las aves migran de la misma manera:

  • Migración latitudinal: entre zonas de cría en el norte y zonas de invernada en el sur, como la golondrina común entre Europa y África.
  • Migración altitudinal: entre montañas y valles según la estación, frecuente en especies de los Andes y el Himalaya.
  • Migración parcial: solo una parte de la población se desplaza, mientras el resto permanece todo el año.
  • Migración irruptiva: desplazamientos irregulares provocados por la escasez de alimento, típicos de algunos piquituertos y lechuzas.

El instinto: un programa en los genes

Migración sin experiencia previa

Muchas aves jóvenes realizan su primera migración solas, sin adultos que las guíen. Eso demuestra que la dirección y la duración básica del viaje están codificadas genéticamente.

El ornitólogo alemán Peter Berthold lo demostró en las décadas de 1980 y 1990 con currucas capirotadas criadas en cautividad. Las aves mostraban inquietud migratoria (en alemán, Zugunruhe) en la época correcta y orientada hacia la dirección típica de su población.

Al cruzar aves de poblaciones con rutas distintas, los descendientes tomaban una dirección intermedia. Era la prueba de que la ruta se hereda.

El calendario interno

Las aves no solo saben hacia dónde ir, sino también cuándo. La duración del día, o fotoperiodo, actúa como señal principal. Combinada con relojes biológicos internos, desencadena cambios hormonales, acumulación de grasa y el impulso de partir.

Las brújulas de las aves

La brújula solar

En la década de 1950, el biólogo alemán Gustav Kramer mostró que los estorninos se orientaban según la posición del Sol. Al desviar la luz con espejos, las aves cambiaban de dirección en la misma proporción.

Para usar el Sol como guía, necesitan compensar su movimiento a lo largo del día. Lo hacen gracias a su reloj circadiano.

La brújula estelar

Muchas especies migran de noche. En 1967, Stephen Emlen estudió azulejos índigo en un planetario y descubrió que aprenden, de jóvenes, a identificar el punto de rotación del cielo nocturno, cercano a la estrella Polar en el hemisferio norte.

Lo interesante es que no nacen conociendo las constelaciones: aprenden qué parte del cielo permanece fija durante la noche.

La brújula magnética

En 1966, Wolfgang Wiltschko y su equipo demostraron que los petirrojos europeos se orientan con el campo magnético terrestre. Curiosamente, su brújula no detecta la polaridad norte-sur, sino la inclinación de las líneas del campo respecto al suelo.

Hay dos hipótesis principales sobre cómo lo perciben:

  1. Criptocromos en la retina: proteínas sensibles a la luz azul que formarían pares radicales, un mecanismo cuántico que permitiría “ver” el campo magnético.
  2. Partículas de magnetita: cristales de óxido de hierro que podrían actuar como sensores de intensidad magnética, aunque su ubicación sigue en debate.

En 2021, un equipo de investigadores europeos publicó que el criptocromo 4 del petirrojo es sensible al magnetismo en laboratorio.

Pajarillo posado en una rama mirando un cielo estrellado

Mapas, olores y memoria

Tener una brújula no basta: hay que saber dónde se está. Por eso los científicos distinguen entre orientación, mantener una dirección, y navegación, corregir el rumbo para llegar a un destino concreto.

Un mapa magnético

La intensidad y la inclinación del campo magnético varían según la ubicación. Algunas aves podrían usar esas variaciones como coordenadas aproximadas, una especie de mapa de latitud.

El olfato como guía

En aves marinas como las pardelas, el olfato es crucial. Experimentos en los que se anulaba temporalmente su sentido del olfato mostraron que les costaba volver a sus colonias. Se cree que detectan gradientes de compuestos químicos en el aire del océano.

Puntos de referencia

Cerca del destino, entran en juego elementos visuales: costas, ríos, cordilleras y hasta construcciones humanas. Las aves adultas memorizan estos lugares y los usan para afinar el trayecto.

Cómo se estudia la migración hoy

Durante el siglo XX, el método principal fue el anillamiento: colocar anillas numeradas en las patas y esperar a que otra persona encontrara el ave. Hoy se combinan otras técnicas:

  1. Geolocalizadores de luz, que pesan menos de un gramo y calculan la posición a partir de la hora del amanecer y el atardecer.
  2. Transmisores satelitales, que envían la ubicación de aves grandes casi en tiempo real.
  3. Radares meteorológicos, capaces de detectar grandes oleadas de aves nocturnas.
  4. Grabaciones acústicas, que identifican especies por sus llamadas de vuelo durante la noche.

Resumen de los sistemas de navegación

SistemaQué detectaCuándo se usa másDescubrimiento clave
Brújula solarPosición del Sol y luz polarizadaMigración diurnaGustav Kramer, años 50
Brújula estelarRotación del cielo nocturnoMigración nocturnaStephen Emlen, 1967
Brújula magnéticaInclinación del campo terrestreDía y noche, con nubesWolfgang Wiltschko, 1966
OlfatoGradientes de oloresAves marinasEstudios con pardelas
Memoria visualPaisajes y costasTramo final del viajeExperimentos con aves adultas

Amenazas que confunden a las aves

La migración es un logro biológico, pero también un momento de gran vulnerabilidad. Entre los factores que alteran la orientación destacan:

  • Contaminación lumínica: las luces urbanas atraen y desorientan a las aves nocturnas, que chocan contra edificios.
  • Ruido electromagnético: un estudio de 2014 dirigido por Henrik Mouritsen mostró que interferencias electromagnéticas de baja intensidad alteraban la brújula magnética de petirrojos.
  • Cambio climático: adelanta la primavera y desajusta el calendario de llegada respecto a la disponibilidad de alimento.
  • Pérdida de humedales: elimina zonas de descanso esenciales en las rutas.

El experimento de los estorninos desplazados

En la década de 1950, el ornitólogo neerlandés Albert Perdeck capturó miles de estorninos que migraban por los Países Bajos y los liberó en Suiza. Los jóvenes, sin experiencia, siguieron volando en la misma dirección heredada y acabaron en España y Francia, lejos de su destino habitual.

Los adultos, en cambio, corrigieron el rumbo y llegaron a sus zonas de invernada tradicionales. El experimento demostró que la brújula es innata, pero el mapa se aprende con la experiencia.

Entonces, ¿cómo saben las aves hacia dónde migrar?

Las aves saben hacia dónde migrar gracias a la combinación de un programa genético heredado que marca la dirección y el momento del viaje, y de varias brújulas naturales: el Sol, las estrellas y el campo magnético de la Tierra.

A eso suman un mapa basado en la intensidad magnética, el olfato y la memoria de paisajes, que les permite corregir el rumbo y llegar con precisión a su destino. Ninguna señal funciona sola: su éxito depende de integrar toda esa información, y por eso proteger cielos oscuros y humedales es clave para su supervivencia.

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